El Demiurgo –dijo mi padre– no tuvo la gracia de la
creación; la creación es una potestad de todos los espíritus. La fecundidad de
la materia es ilimitada, posee una fuerza vital inagotable, y, al mismo tiempo, un poder de
seducción que nos lleva a moldearla. En el corazón oscuro y recóndito de la
materia se esbozan sonrisas indefinidas, se crean tensiones y se concentran las
formas larvarias. La materia late ante las posibilidades interminables que la atraviesan
como vagorosos estremecimientos. Mientras espera un soplo de vida, la
materia reverbera sin cesar y nos tienta con un sin fin de formas dulces y
maleables, nacidas de sus oscuros delirios.
Carente de iniciativa propia, de lujuriosa maleabilidad,
voluble como una mujer, dócil ante cualquier impulso, la materia es una tierra
de nadie abierta a toda clase de charlatanería y diletantismos, a los abusos y
las manipulaciones demiúrgicas más equívocas. La materia es el elemento más pasivo y
desamparado del cosmos. Cualquiera puede moldearla a su antojo. Todos los
componentes de la materia son transitorios e inestables, propicios a la
regresión y la disolución. No hay nada pecaminoso en limitar la vida a formas
nuevas y diferentes. La destrucción no es pecado.
( Tratado de los maniquíes o
segundo libro del Génesis - Bruno Schulz )

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